¡UN PÁJARO! ¡UN AVIÓN!

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El destino sabe de paradojas, quiso que el apellido de Jessica y Brenda sea Guerrero. “Ahí nomás”, pensé. Por una letra no coinciden sus documentos con sus ocupaciones. Son madres, novias, atletas. Y guerreras. ¿Serán Guerrero por sus corazones? Puede ser.

Mis amigas forjaron un valor que viene del mismo lugar que el de Jessica y Brenda, sin correr suertes de bautismo,son Rojo y Barcos.

El pasado sábado se corrió en Allen una carrera de ocho kilómetros donde atletas y aficionadas compartieron las calles de la ciudad.

Brenda y Jessica volvieron a ganar. Brenda fue la más rápida de todas. Y Jessica quedó en tercer lugar.

Qué costumbre ya ver estas dos pibas colgándose medallas. Tanto que casi pasan desapercibidas.

Eso no es todo. No les basta con lograr la excelencia.

Cruzar la meta, con su bandera. No les alcanza.

Entonces vuelven. ¿Vuelven? Sí claro. Como si se rebobinara una película. Como quien regresa a encontrar a la primera novia. Vuelven. A buscar a sus guerreras. Las guerreras que quedaron en el camino.

“Ellas entrenan” se llama el ejército de madres, amantes, maestras, tías, hijas y doctoras. Empleadas y curanderas. Brujas. Atletas. Que van detrás de las dos petizas y napoleónicas capitanas a conquistarlo todo. Todo y siempre.

“Ellas vuelven”. Vuelven por ella. Que es mi novia y la admiro por enfrentar al tiempo y la distancia y la amo por todo lo demás.

Vuelven como Constanza y Belén, a buscarme en una carrera, hecha de apuntes, libros y lapizones.

Dediqué buena parte de mi vida a conocer la naturaleza de los superhéroes. Leí sus vidas en historietas, y vinculé sus miedos y sueños con aquello con lo que estudiaba mis sueños y mis miedos: la filosofía y el diván.

No hace falta entrar a una tienda de comics para descubrir hazañas y adivinar poderes. Quienes salvan al mundo todos los días, no usan capa.

No vuelan. Corren. Llaman. Lloran y sufren.

Están ahí. Cada vez menos visibles. Cada vez más difíciles de encontrar.

Es que la primera regla para quienes saltan techos, derriten el acero y detienen trenes con sus manos, es el anonimato. Es la construcción de una máscara. Un alter ego.

Reciban entonces mi abrazo, guardianas de apuntes y vengadoras de finales, por rescatarme. Vaya mi gratitud a los ángeles de calza, por volver sus pasos en el camino.

No hay de qué preocuparse. Entiendo bien cuál es mi lugar en este cuento. Aunque me confundía que la chica linda se quede conmigo, recordé que siempre hay un cronista. Un testigo. Un aliado. Que sabe quiénes son. Y guarda el secreto.

Texto de Gerardo Del Brío – 2021 – Allen

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